De peluqueros y un chino imposible

Hoy me fui a cortar el pelo, gran novedad. Sin darme cuenta, tengo 10 años yendo al mismo local. Mi peluquero no es el más especialista ni el más platicador. Aunque sí me cobra barato, voy con él porque no me hace muchas preguntas y porque ya me acostumbré a cómo me deja el cabello y él ya se acostumbró a las peculiaridades de mi greña.

Aclararé que con los peluqueros me pasa lo mismo que con las sobrecargos: elijo esos términos a falta de saber si se debería preferir estilista o barbero, así como hoy día azafata o aeromoza ya suenan anticuados y poco dignos. Aunque, en el caso de estilistas y barberos, me parece una glorificación un poco rebuscada y poco exacta de lo que hacen: cortar la melena. Nunca me he hecho la barba en un local y no busco que me ayuden a darme “estilo”. Al menos ya no con el cabello.

Mi historia con mi propia cabellera es complicada de explicar: aunque soy un mexicano blanco de tono culposamente Whitexican, tengo un cabello castaño encrespado que se sale de los estándares del rizo promedio. Casi toda la primera parte de mi vida lo odié. Aunque ahora nos burlamos de los peinados con forma de honguito de los años noventa, yo siempre quise podérmelo dejar largo para probar ese corte cuando era chico. También envidiaba el flequillo levantado que luego se puso de moda y que tampoco me fue posible replicar. Con mi cabello sólo había dos modalidades: estropajo corto y estropajo largo.

No era extraño que la maraña que tenía por cabellera fuera objeto de curiosidad entre propios y extraños: “¡Parece borreguito!”, “¿Puedo tocarlo?”, “Qué curioso, parece que no se moja con el agua”,

“¡Qué padres chinos!” Hay que decirlo: sí parecía borrego, igual metían la mano en mi cabeza sin permiso y, no, no se deformaba mi greña con el agua.  Y he de decir que nunca he entendido por qué le llamamos en México chinos a los rizos, si los chinos de China son más lacios que nada.

Así, de chico mi pelo fue objeto de burlas (ninguna grave), de atención (cuando se me antojaba un bajo perfil) y de una inusitada incomprensión por parte de las peluqueras. Al hacerse llamar estilistas, uno habría esperado que ellas hubieran estudiado todo tipo de cabello, que supieran qué necesitaba y cómo tratarlo, y hasta qué corte recomendar para su lucimiento. Pero no, siempre que llegábamos a un local nuevo, la peluquera en cuestión siempre nos soltaba a mi mamá y a mi la misma letanía: qué abundante, cuánto pelo, nunca había visto un cabello así y a ver cómo lo dejamos. Aunque no quedaba mal (repito, era o corto o largo), siempre me quedaba con la sensación de que el resultado era un tanto deforme ya fuera de un lado o de otro, con un rizo más largo por detrás o por delante y las proporciones poco armónicas. Un par de veces me lo acabé rapando nada más para tener control de cómo quedaría.

Mi mamá, que como mis tías también tenía el chino abundante, sufría bastante menos porque podía al menos alisarlo y cortarlo de mil maneras. Ella sí probó los rizos largos que le venían muy naturales en los ochentas, el corte corto de la princesa Diana en los noventas gracias a las secadoras y desde los dosmiles luce un alaciado a los hombros permanente y propio de señoras elegantes y joviales pero de cierta edad.

En el otro lado del árbol genealógico, mi papá compartió conmigo ese chino de maraña. Él, sin embargo, disfrutó de lucirlo peinado en Afro en los ochentas. Después lo usó corto-corto y ahora ya no tiene pelo. Eran tiempos más simples: corte corto de niño, corte alocado de joven y corte corto de señor hasta que no haya más que cortar.

A mi, sin embargo, me chocaba que me llamaran “pelo de micrófono” cuando se me empezaba a ver el Afro. Me resigné de mala gana a que esta cabeza me había tocado y que no había más que hacer. Me sentí feo por mucho tiempo, incluso. Al menos hasta que fui descubriendo, poco a poco, cómo empezar a tratarlo. Después de años de usar cepillo, escuché a una tía decir que ella se ponía solamente gel en el pelo y luego se lo alborotaba con las manos, estando aún húmedo. Así desapareció el estropajo y aparecieron los rizos a lo Justin Timberlake o David Bisbal, según el referente de quien opinara sobre mi nuevo look.

Buscando seguir experimentando con los cambios, pasé todo un año en la preparatoria en el que sorprendentemente nadie se burló de que usara paliacate para ocultar el incipiente Afro que me dejé crecer hasta que tuvo el largo suficiente para caer con la gravedad. Lo amarré en una coleta de caballo que más bien parecía la cola esponjosa de un French poodle y disfruté por primera vez de haber elegido un corte. Años después, intenté un mohicano corto que no se veía nada mal pero que al tiempo también me terminó cansando.

Conforme he ido leyendo fuera de mi cultura y aprendiendo de otras perspectivas, me he ido sintiendo menos solo en mi experiencia con el cabello y la peluquería. Las personas negras, cuyo cabello es aún más ensortijado que el mío, tienen un término especial para su pelo: kinky hair. Descubrí que incluso existe una clasificación del cabello rizado, que va del 2A al 4C. El mío cae en un 3B o 3C, según quién interprete. Es decir, casi 4.

También existe un término, el Jewfro, para hablar del cabello de personas judías de piel clara que tienen el pelo tan enmarañado que cae en clasificación 4C. Desgraciadamente, esta consideración a la variedad de tipos de cabello está más presente en países que se reconocen más diversos que el nuestro, aunque también tengamos nuestra propia diversidad particular. Por eso, para las personas extranjeras negras que llegan a México es un suplicio encontrar quién les corte el pelo.

A la par, he ido aprendiendo que culturalmente el tema del cabello kinky ha sido tema de opresión racial en nuestro país vecino, así como en otros países con población negra. Para verse menos salvaje, había y aún hay que alaciárselo. Quien quiera verse profesional debe mantener una melena manejable y civilizada. Por eso, hoy día, pedirle a una persona negra en Estados Unidos tocar su cabello es motivo de indignación: se percibe como una muestra de la y cosificación de la falta de sensibilidad al otro. Salvadas las distancias culturales y de opresión a la población negra, siempre me sentí un poco así: no encajando en el molde del cabello, nunca encontrando quién entendiera mi 3B/C y convirtiéndome en una entidad cuya diferenciación era su incipiente ‘fro. Una diferencia más, hay que decir, que agregar al montón: gay, de apellido chistoso, zurdo y nerd.

Así como con ese otro montón de diferenciadores, he ido aprendiendo a querer mi cabello con el tiempo y con información, a tratarlo con la dignidad que se merece y a encontrar maneras de que luzca, en toda su naturalidad, sano y como lo que es: un rizado increíble que no puede usar los mismos productos ni técnicas que un cabello ondulado o lacio. Es lo que es y así está bien.

Mientras estaba sentado hoy en la silla de mi peluquero, un hombre bajito, regordete, sonriente y bigotón que sería la antítesis de un estilista típico, escuchaba esa música romántica anticuada –entre bossa nova de elevador y boleros instrumentales– que le gusta poner afectuosamente para ambientar su pequeñísimo local y pensaba en cómo ha sido un desastre cada vez que voy a otra peluquería, seducido por las recomendaciones de mil y una personas sobre su propio “especialista en chinos”, todos ellos en barberías de moda que cobran cinco veces más que mi peluquero. Y al final, no me gusta cómo me queda.

Por eso me gusta venir con mi peluquero callado y encantador: porque él también se ha ido acostumbrando, al tiempo que yo, a mi cabello, ha ido entendiendo cómo me queda mejor y tiene el beneficio añadido de que no me hace preguntas de más, ni se avienta la letanía de todos los estilistas.

Ya se la sabe.

Foto de  Fillipe Gomes  a través de  Pexels.

3 comentarios

Añade el tuyo →

  1. Totalmente de acuerdo. Cómo hombre con rizos, no tan cerrados como los tuyos, durante la adolescencia no había mucho que hacerles porque nadie sabía cómo estilizarlos. Que chida reflexión la tuya. ✨

  2. Qué curioso, no recuerdo a tu mamá con pelo chino abundante; sí, más bien, con melena ochentera, jeje.
    Y sí, con los hombres, es corto corto de niños (impuesto sobre todo por las madres), largo salvaje de adolescentes (supongo que como reflejo/rebeldía al corto corto de más chicos) y luego corto de adultos, hasta que ya no hay qué cortar.
    Hoy, con los X, Millenials y Centennials, ya no hay tan fácil distinción.
    ¿Te puedo tocar el cabello? jaja

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

© 2026 Alfonso Pinkus

Tema de Anders NorénSubir ↑

Newsletter

¿Te gustaría recibir un correo electrónico cuando hayan publicaciones nuevas?