La madre está parada de frente al mar de San Francisco. El viento le congela las mejillas. Sus dos hijitos, enchamarrados, juegan en la arena que está mezclada con cacas de gaviotas. El cielo gris deja apenas entrever algunos rayos de luz. Y sin embargo, la familia parece feliz.
Hace años nos pidieron escribir en un taller de dramaturgia una didascalia sobre nuestros primeros recuerdos. De todos los recuerdos que tengo de mis primeros años, me cuesta trabajo discernir qué recuerdos son míos y qué recuerdos me los he inventado después de años de anécdotas y de álbumes familiares.
Este recuerdo, el del mar, estoy seguro que es mío y es muy posible que sea el primero. Nunca he visto fotos ni he escuchado a nadie recordar el mismo momento.
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Cuando tenía once años me llevaron a vivir a la playa. Este mar, favorito de todo el mundo, cálido, de múltiples tonos de turquesa y arenas blancas, abrigaba una sociedad clasista y agringada. Lo detesté por tres años.
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Las montañas abrazan la bahía. Son verdes y me imagino castillos y pueblos en sus laderas. En la playa se extienden muelles que recreo en mi cabeza y que albergan navíos de enormes velas y con múltiples recovecos. Sueño con la vida ruidosa de estos puertos imaginarios.
Aunque parece que las montañas encierran estas aguas, distingo en el horizonte la inmensidad del océano. Sus aguas son interminables y me producen mucha sed nada más de verlas. Es como si quisiera beber todo el mar mientras me baño en sus aguas y luego nado hacia sus profundidades.
Podría vivir aquí para siempre, imaginando a los navíos aparecer y desaparecer a lo lejos, mientras me cobijo en el pueblo imaginario que está entre montañas y la bahía y me olvido de lo que tengo que ser y hacer y de quien creo que quiero ser en la vida.
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Nunca he sido muy deportista y me aburre lo rutinario de los gimnasios. No lo hacía desde que era un niño pero este año comencé a nadar para más estar saludable y en forma. Llevo recorridos más de 150 kilómetros.
Ya podría haber llegado a Puebla nadando.
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Tal vez una de las cosas que más me atraen del mar, desde niño, es que su vasto horizonte siempre me ha hecho soñar con posibilidades infinitas.
Es como si pudiera (ignorando toda cuestión técnica) montarme sobre un barco y aventurarme a donde sea. Al fin y al cabo, en línea recta y hacia el horizonte, siempre habrá una costa desconocida.
Tal vez por eso me enamoré de la obra de teatro sobre los barquitos de papel, aquellos que Melanie armaba, como aquel que terminaba por usar para escapar a la otra orilla (con Hurt de Johnny Cash de fondo y a todo volumen), aquella otra orilla donde ella estaría segura y lejos de todo lo que la había herido.
Ya no puedo escuchar la canción sin verla trepada en su barquito, remando hacia la otra orilla. Todos somos o hemos sido ella en el barquito. O al menos hemos querido serlo.
Tal vez sólo es que el mar me atrae porque de niño estaba obsesionado con Hook, la secuela de Peter Pan con Robin Williams, Dustin Hoffman y Julia Roberts.
Tengo miedo de volver a verla y darme cuenta de que es una porquería de película.
O quién sabe. Tal vez no lo sea.
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La madre se sienta en la arena con sus hijitos. La playa es de ellos solos. Atardece con el Golden Gate al costado. El viento congela sus mejillas y ya casi es hora de irse. La madre mira hacia la lejanía. Parece feliz y sin embargo hay mucha incertidumbre entre sus pensamientos.
El mar, vasto, abre miles de posibilidades.
Foto de Sebastian Voortman a través de Pexels.
Felicidades Alfonso!!
Será un gusto seguir tu blog y descubrir tu manera de ver la vida.
me gusta.tu manera de expresar tus vivencias.felicidades.poncho.
Yo te amo 😍!! Y Hook nunca será una película mala porque es si te Peter Pan ❤️😍 y eso es bello en cualquier lado 😂😂 Amo leer tu blog !!!
Me encantó, soy tu fan número 1! Tu manera de expresarte, de ver la vida de forma diferente.