Las grietas

Estaba sentado en el sillón de un muy mal decorado departamento en Polanco, esperando pasármela terrible esa noche. Yo iba solo, sin pareja y, además, haciéndole mal tercio (obligado) a mi mejor amigo y a su novia. El plan era quedarnos ahí y convivir con la tía de ella, que además de ser su roomie, era dueña del departamento. A la tía, aunque relativamente joven, ya podía considerársele un ejemplar perfecto de chavorruca, esa especie urbana de adulto de cuarenta para arriba aferrado a sus mejores años que no encuentra de otra que seguirse emborrachando con veinteañeros, como nosotros, en la época de esa anécdota.

Nada pintaba bien de antemano. Era una fiesta algo forzada a mi parecer; sólo había Bacardí y coca para preparar cubas y no había otro plan más que, justo, tomar Bacardí con coca y emborrachar. No íbamos ya a salir a ningún lado porque habían decidido que estaría bien conocer a la mentada tía, autodenominada compañera de fiestas de la novia de mi amigo a su arribo a la ciudad. Mi amigo, que también era foráneo, se estaba quedando de visita en mi casa y habíamos llegado en su coche. En otras palabras, yo era prisionero de esa reunión.

A veces peco de huraño, lo sé. Es verdad que detesto las fiestas con desconocidos. A veces incluso con conocidos. Aunque ahora la entiendo más, aborrecía la charla pequeña y no le veía sentido a esta práctica tan extendida de juntarse a beber entre propios y extraños para contarse las anécdotas (jamás graciosas) de borracheras pasadas para reír al unísono, ante el recuerdo de fiestas y desastres mejores.

Sin embargo, me gusta ver las grietas que se dejan entrever a veces.

Me gusta cuando, a media reunión familiar, mi tía la más chistosa, medio borracha, nos confiesa que siempre se sintió menospreciada por la abuela. Que habría querido sentirse más amada, más reconocida. En ese momento, sus ojos cobran vida y nos habla desde un lugar más profundo, más honesto, más entrañable. Alguna vez una prima a la que quiero mucho y que pocas habla de sí misma, se sentó y me sorprendió contándome de su divorcio, de lo mal que la pasó y de cómo lo estaba superando. No había un ápice de histrionismo ni martirio. Era ella abriéndose, conectando. Me conmovió muchísimo.

En algún momento de la noche en la fiesta de Polanco, eso pasó. La tía comenzó a narrarnos su historia de vida. Abogada, en tiempos en que en su natal Bajío se esperaba de toda damita de sociedad que fuese una apacible ama de casa, escapó joven a la gran capital a forjarse su propio camino soñando trabajar para las Naciones Unidas. Como trama secundaria, aprendimos del resentimiento mutuo con su hermana mayor, favorita de su mamá y ejemplar perfecto de la ama de casa católica pero que, a su vez, le envidiaba su carrera profesional como abogada.

Pasaron las horas y nos dejamos llevar escuchando su historia. Al final, sí llegó a Ginebra y alcanzó su sueño para darse cuenta que, como diría Segismundo, los sueños, sueños son. Las Naciones Unidas le parecieron sobrevaloradas y extrañaba a su familia. Sin arrepentimientos, pero con la madurez que otorga el alcanzar algo y darse cuenta que lo importante había sido más el camino que la meta, volvió a México.

Como sea, la pasé muy a gusto esa noche. Un punto a favor de la humildad y siete puntos menos para mi, por haber llegado en esa actitud tan antipática. Me alegro de haber ido a la fiesta y que me tocó, dentro de todo, apreciar por un momento esa grieta que se abrió.

Es que, detrás de todo cinismo aparente, me gusta que dentro de la rutina, de la inercia de nuestras vidas y del rol que hemos ido asumiendo cada uno, encontremos momentos para resquebrajar el cascarón y asomarnos a mostrar un poco del cálido interior de nuestros centros. Que cuando mi amiga, la que se desvive destazando a críticas a sus colegas, me confiese lo que sueña.

Me gusta la gente que se ríe como idiota, despreocupada. Me gusta cuando muero de calor y una corriente leve entra soplando por la ventana, sorprendiéndome. Me gusta la gente que se equivoca y lo vuelve a intentar. La que se levanta. Me gusta que lo intenten. Que dibujen retratos con cara del Cristo de Borja y que los publiquen. Me gusta echarme en la playa y hendir mis manos en la arena y sentir que las aguas que me tocan al nadar se han reciclado por los siglos de los siglos, en corrientes interminables de ida y vuelta, desde Nueva Zelanda hasta el Ártico. Me gusta sentirme aterrizado.

Me gusta cuando voy ensimismado caminando, cabizbajo y pensando en todos los problemas que me acechan: en cómo tengo que resolver un asunto en el trabajo, en cómo llegaré al día de pagar la renta, en cómo podría gustarle más a mi pareja sin descuidar quien soy (y no vaya a ser que piense que soy tóxico o que me que deje de querer o que dependa mucho de mi porque tengo que ser independiente), o pensando en qué tal que llueve y que tengo que llegar a donde voy y entregar el informe del trabajo… cuando, de pronto, en un arrebato azaroso de la vida –quizás un estruendoso accidente de auto en la esquina y que resuena hasta la cafetería de la otra esquina, o una estupenda cantante de banqueta que me obliga voltear a verla, o hasta un perrito estúpidamente adorable que me roba la mirada– la vida misma me obliga a redescubrir mi propia pequeñez en el universo, mi propia futilidad entre los anales de la historia y, en esencia, permitirme vislumbrar al otro. Porque al verlo, respiro y me relajo.

Por eso, me gusta ver las grietas de los otros y del mundo. Me recuerdan que no tengo que ponerme encima todo el peso que yo mismo me cargo.

Quién sabe, así tal vez y me anime a intentarlo una vez más.

Foto de  Bruno Pires  a través de  Pexels.

2 comentarios

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  1. Por eso, quizá, son las personas con grietas en la cara quienes nos llevan—¿nos permiten?—a soñar y meternos en mundos e historias de mundos que nos puedan parecer fascinantes por extraños.

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