Me gusta imaginarme a Olga, mi abuela, como una jetsetter de su época. En su enorme casa en pleno centro de Coyoacán, solía tener un gran retrato de ella portando un beehive –peinado de colmena, característico de su juventud– que coronaba la sala de estar, como si fuera el salón de La Doña. Así como la estrella del Cine de Oro, ella también tenía un carácter libre, una personalidad amena y desenfadada que la caracterizó toda la vida.

En una ocasión, ella se estaba preparando para salir a una reunión social. La recámara de mi tía, la penúltima de sus 8 hijos y aún en edad de cuna, compartía pared con la calle. Alguien, de milagro, fue por la bebé para algo –no queda claro qué– cuando se escuchó un estruendo desde el cuarto: un camión había atravesado la pared de la casa en un estrepitoso accidente. Después de librarse del camión y de su alcoholizado chofer, Olga, más preocupada por su reunión que por solucionar el inconveniente a esas horas de la noche, les pidió a su marido e hijos ayudarle a colocar un ropero para parchar temporalmente el boquete y poderse ir de fiesta.

Otra vez, sola y de viaje en Europa, se quedó sin dinero y, despreocupada, le escribió a mi abuelo para que le pusiera más dinero en un cable y comprarse de paso un Rolex que se le había antojado. Eran los años de López Mateos y la bonanza parecía derramarse sobre todo el país. Es sorprendente imaginarla en una época en que era poco común que una mujer viajara a Europa y, más aún, sin su marido. Casi me la imagino como sacada de una temprana película de Almodóvar.

Mi abuelo, por el contrario, era un hombre de carácter bastante fuerte. Era macho, “el último de los machos”, a decir suyo. Podía ser grosero y testarudo. No me consta y sé poco de su lado parrandero y bebedor porque mi experiencia con él fue muy diferente, ya en sus últimos años, pero sé que no fue fácil para Olga estar a su lado y que su matrimonio, que duró hasta el final, fue turbulento y lleno de resentimientos. Desde que tengo memoria dormían en cuartos separados y crecí pensando que era normal que la gente mayor tuviera sus propias recámaras.

Mi familia materna siempre se ha autodenominado un matriarcado. A mi me tocó crecer entre una mayoría de tías, todas féminas fuertes y tenaces, divertidísimas y platicadoras, con personalidades tan distintas la una de la otra pero con historias de vida interesantísimas. Todas, con logros personales o profesionales, arrojadas, llenas de vida y apasionadas. Todas, sin embargo, cargando a cuestas y a su manera también a sus maridos y a sus propias familias, probable herencia de Olga.

En México, como en mi familia, vivimos aún en la ilusión del matriarcado. Parecería que estas mujeres fuertes, luchonas y que llevan a cuestas la responsabilidad moral de la familia, son una heroínas sin capa. Nos decimos que ellas son el sostén de la familia porque son unas amazonas, unas guerreras que van arrastrando el arado del país porque ellas son las verdaderas proveedoras. En cada familia hay una matriarca –la madre o la abuela– que es todopoderosa y que emite el juicio final en asuntos familiares. De ahí, el culto a la “jefecita”, a la Virgencita –la mayor madre de todas–, a la que nos dio la vida… y por ello que el festejo más universalmente celebrado en el país sea, quizás, el 10 de mayo: Día de las Madres.

Sin embargo, esta cruz que cargan y que enaltecemos como sociedad es producto de una relación histórica codependiente entre hombres y mujeres. Es, en realidad, un patriarcado disfrazado, que se esconde tras las faldas del supuesto matriarcado para “cederle” el poder pero luego se defiende con el “ay, es que estas pinches viejas” que perpetúa el juego de la guerra de sexos en el que el hombre, en realidad, decide qué sí les suelta a ellas y qué no. Claramente subordina aquello que le da pereza conducir, como la familia, y se queda con la última palabra a la hora de lo importante.

Este modelo se extiende también hacia muchas de mis primas y primos. Hay un marido cargado a espaldas de la loable mujer que lo lleva. Aunque se vislumbre que ella es la que toma las riendas, ella asume ese papel por lo que hace o deja de hacer el susodicho. De un caso particular, alguien me lo describió como “toda la dinámica familiar gira en torno a que él no se enoje.” Las implicaciones de esta premisa son ubicuas y se enraízan en toda una dinámica social. La verdad es que él es quien lleva las riendas reales por acción u omisión.

Como hombres, nos toca entender estas dinámicas para pararlas en nuestras propias familias y deconstruir las que tenemos aprendidas, seguramente lento y poco a poco, para ir reacomodando nuestra concepción de las cosas e ir construyendo una sociedad más equitativa, ojalá y menos binaria, con menos resentimientos hacia el sexo opuesto, y que deje de venerar los roles de género tan oxidados y dañinos que hemos heredado de nuestras y nuestros antecesores y que seguimos perpetuando por inercia.

Me acordaba ayer de Olga, mi abuela, tan guapa y a la moda, porque me paseaba por una sucursal de Liverpool, esa tienda departamental de la que ella fue clienta tantísimas veces en vida. Era tan asidua que cuando se mudó al Bajío, una dependienta que también había migrado unos años antes la reconoció y le provocó un susto hasta que le explicó que la recordaba perfecto de todas aquellas visitas al Liverpool de Insurgentes, en donde antes trabajaba.

Mientras yo me descubrí reconociendo un dejo del estilo de ella en un maniquí elegantísimo, la extrañé horrores. Para mi, Olga fue una guía, una mentora, un puerto seguro en el que desembarqué en los años más álgidos de mi adolescencia. Aprendí de su generosidad, de su libertad y de su desenfado. Siempre estuvo ahí, con su cariño interminable, sus consejos pertinentes, su apoyo vocal y desfachatado. Recuerdo con muchísimo amor la cara que hacía de pato para divertirnos, las anécdotas jocosas de sus despistes continuos, los aventones múltiples que me dio al colegio, también de cuando creímos que me habían robado el coche y me acompañó a la policía y, por supuesto, de todo el pan dulce que me dio de cenar esos tres años que viví con ella.

Romantizo, quizás, pero la recuerdo más Jane Fonda que Frida Kahlo. Aún me la encuentro cada que veo cajitas de botones y máquinas de coser, puertas abatibles en las salas, festivales de cine francés en las marquesinas, cuando escucho a Shakira y rememoro cómo la juzgaba por “su pujidito”, cuando cocino su receta de milanesa de carne molida y sobre todo con ese dulce abrazo que ahora está vacío.

Ayer coincidió también que cumplió cuatro años de haber fallecido. Me di cuenta que aún la extraño. Olga era, pienso con todo el cariño con el que la recuerdo, una figura importantísima, piedra angular de mi familia como lo es la abuela en la mayoría de las familias mexicanas. Por una parte, ella en particular era una mujer única, adelantada a su tiempo, entera y decidida, cálida y generosa, pero también fue una mujer que vivió atada a unas circunstancias que la llevaron a tener que ser resiliente y tenaz y cuyo legado también fue heredar a las siguientes generaciones esta suerte de fortaleza que, quizás, tenga algo más de coraza que de matriarcado.

Así como nos toca desembarazarnos de aquellos lastres familiares y sociales que con cada generación vamos detectando, es preciso como sociedad ir escombrando entre aquellas cosas que reconocemos como muy mexicanas e irnos deshaciendo de ellas para reinventar nuestro futuro. Estas últimas semanas he tenido que retomar el tema con mis propias alumnas quienes, furibundamente y con razón, buscan hacer su parte para extirpar de tajo los horrores que han tomado protagonismo en nuestro país estos últimos tiempos. Por ello, y a propósito de cerrar este mes en el que fue la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, me quedo con que me gusta imaginar que si algo le hubiera gustado a Olga, es pensar que el futuro, entre otras cosas, pinta mejor para las mujeres.

Foto de Anthony Smith Chaigneau a través de Unsplash.