Me llamo Alfonso Pinkus. Como muchos primogénitos, tengo el mismo nombre que mi papá pero, a diferencia de muchos, nosotros competimos por ranking en Google. Él me ganó el punto-com. Está bien: tiene derecho de antigüedad.

Siempre me han fascinado las historias y la relación que los humanos tenemos con el acto de contarlas y escucharlas. Por eso me fui a estudiar teatro (aunque quería estudiar cine) y luego a enseñar de literatura a adolescentes. Me tomó una década, muchas aventuras en el teatro y muchas desventuras típicas de veinteañero atormentado, para darme cuenta que, la verdad y desde que tengo memoria, siempre he querido escribir y contar historias.

Nací en la Ciudad de México aunque la vida llevó a mi padres a ser nómadas y por ende a mí también. Viví en Estados Unidos y me creí gringo por un rato. Viví en Cancún y, contra lo esperado, lo odié. Viví en el Bajío y me volví ateo. Me pasearon por varias ciudades más hasta que volví a mi terruño original y eché raíces.

Me encanta la educación. Trabajo en el complejo, cambiante y gratificante mundo de la educación; es un cliché decirlo, pero no hay mejor manera de cambiar al mundo que por medio de la educación. (Excepto contando historias, claro está.)

Al paralelo, escribo en mi blog; es mi plataforma pública. Puedes leer aquí todo lo que escribo en formato de ensayo personal sobre los temas que mantienen mi cabeza ocupada, entre una que otra anécdota personal, recomendaciones y también sobre cosas que sigo aprendiendo en el camino y que creo de utilidad compartir. Ocasionalmente también ficciones cortas, dependiendo de mi humor.

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