En el primer día de mi nuevo empleo comenzó a trabajar, a la par que yo, el jefe de mi jefa. Este señor de cabello plateado, ojos pequeños y cara alargada, fue invitado en la primer junta que tuvimos para presentarse ante todo su nuevo personal. Lo que para cualquier otra persona habría sido un trámite incómodo, para él fue una oportunidad perfecta de brillar bajo los reflectores.
Siempre he admirado a los oradores que, con toda seguridad, se apoderan del micrófono y se toman el tiempo necesario para hablar de lo que sea que se les cruce por la cabeza. Es que yo, en su lugar, habría mencionado tímidamente mi nombre, mi puesto y, tal vez, mi empleo anterior. Hasta ahí.
Por el contrario, él se tomó poco más de media hora para describir su minúsculo pueblo natal en Inglaterra y relatarnos desde la interesantísima historia de cómo sus padres (inglés y francesa) se conocieron en la posguerra hasta cómo él acabó en nuestro país, hace más de cuatro décadas.
Tal como yo fui educado, «los asuntos de uno, no se andan ventilando.» Por eso, no sólo no suelo hablar de mi vida privada en público (mucho me he alejado de las redes sociales); tampoco cacareo mi vida profesional. Ni siquiera es por modestia: ¿a quién habría de parecerle interesante?
Pareciera contradictorio: en mi adolescencia comencé a escribir, estrenando un recóndito blog que fue creciendo, evolucionando, cambiando de seudónimos y tomando distintas formas a lo largo de toda mi adolescencia (a la par que me enseñaba a mí mismo a diseñar y programar páginas web) para, después de un breve coqueteo con la idea de estudiar cine, terminar estudiando teatro en la universidad. Pero nunca lo tuve tan claro como ahora: lo mío siempre ha sido querer contar historias. Mías, ajenas, inventadas… pero contarlas. Tal vez por eso también terminé en las aulas.
Voy a hacer una corrección. Lo que siempre he admirado de la gente como el señor de mi ejemplo no es que pueda plantarse frente a una audiencia y decir: «tengo algo que contarles,» sino que nos haga querer escucharlo.
Es que cuando un orador te intriga con sus palabras, cuando te hace desear familiarizarte con el mundo que te está presentando, cuando te hace soñar: es como verte a ti mismo en el otro, de lejitos, tal vez no tan claro, pero ahí estás. Por eso conectamos y eso me fascina.
Así pues, regreso después de poco más de 10 años que cerré mi último blog adolescente para apropiarme de este espacio digital y pelear a fuerza de letras para hacerme querer escuchar.
Les confieso: es un experimento y aún no sé qué saldrá de él. Estoy en una etapa personal y profesional donde me voy a abrir también a escribir y escuchar. Me interesa hablarles de mi proceso de trabajo (de ahí el nombre del blog), de lo que estoy pensando, plantearles historias que quizás luego alargue y desarrolle más. Quién sabe qué más. Pero me voy a proponer hacerlos querer leerlo.
Foto de Suzy Hazelwood a través de Pexels.
Felicidades sobrino, un fuerte abrazo, te auguro mucho éxito….
Felicidades.
Y yo -y sé que otros más- estaremos atentos a este tu nuevo peregrinar en las letras, que pregonan, como bien lo dices, el reflejo de uno en ti.
Leer y permitirnos viajar en tu mundo, lo hace nuestro!
Felicidades por lo que escribas, por lo que entonces leamos y además agrgando una parte de nuestro ser en este gran viaje compartid que hoy de nuevo renuevas.
Exito! En este reencuentro a algo no olvidado y que seguro con lleva a pasión por las letras.
Mucho éxito! Ya quiero leer lo que sigue!