Yo soy el escritor de este blog y tú una persona leyéndolo. Lo más probable es que estés leyéndome en un dispositivo móvil, quizás en el metro, o mientras esperas a tu acompañante que está en el baño del restaurante, o incluso sobre tu cama porque es pleno fin de semana y estás descansando de lo dura que estuvo la semana. Posiblemente llegaste aquí por alguna red social, buscando perder el tiempo un par de minutos.
Esto será un ejercicio de ficción. Definamos los supuestos. Es de noche, se siente como si fueran mediados de primavera. Es decir, no llueve y el clima es aún perfecto. Tienes los ojos cerrados y puedes oler el agua. Es un olor a algas, nada empantanado, pero de un cuerpo de agua dulce, eso seguro. Los abres y no existe luz artificial a la vista. Ni siquiera se alcanza a ver el halo de la contaminación lumínica de la ciudad. El cielo está despejado y puedes ver miles de estrellas, como nunca sucede en ninguna ciudad. Es un cielo que sólo encontrarías si te fueras a lo más despoblado.
Por el contrario, hay muchísimos sonidos en el ambiente. ¿Son cigarras o grillos? Quién sabe. Da igual porque ni tú, lector, ni yo, autor, tenemos idea a qué suena la noche en el despoblado absoluto. Tenemos una idea, claro, pero en el supuesto que te cuento, tan sólo imagina que la noche suena y lo hace con gran sonoridad.
Empiezas a caminar por la arboleda que te rodea. Poco a poco, descubres muros de cantera que se levantan entre la vegetación y no al revés. Algunos, son ya montículos de tierra de la cual sólo alcanzas a ver un par de piedras o columnas de hierro que sobresalen. Son restos de edificios de hace siglos. Casi ninguno está entero. De su interior brotan árboles enormes, por las paredes trepan plantas. El suelo no es el mismo suelo que sus arquitectos planearon (ha ido enterrándose lo que ahora descubres fue alguna ciudad) y los cristales de las poquísimas ventanas que aún los tienen son tan opacos que no pensarías que son vidrio, sino cartón.
Mientras caminas, empiezas a notar un patrón entre los muros que se levantan entre tanta vegetación y piensas que tal vez eso que no tiene montículos ni paredes (aunque está lleno de pastos, árboles y hierbas) podría sido una calle en alguna otra época, pero es difícil decirlo. Te recuerda a las veces que has visitado las pirámides pero con mucha, muchísima más vegetación. Son un montón de ladrillos, fierros y concreto que sobresalen de la tierra sin forma precisa. Quién sabe qué habrán sido en otra vida, hace muchas vidas.
La noche ensordece tus pensamientos. De a poco, llegas a lo que parece la orilla de un lago y sigues por aquella especie de calzada, que se va hundiendo irregularmente en el agua. Es poco profundo (el agua llega hasta tus rodillas) y puedes caminar libremente. El agua está tibia y se trepa a tus muslos mientras deambulas. Ya no hay árboles, pero aún no puedes ver el horizonte porque las ruinas, cubiertas de moho y algunas plantas, también surgen del lago.
Hay algo, algo que te parece muy conocido y familiar de esta ciudad basándote en tu experiencia contemporánea pero todavía no lo descubres. Aunque en realidad sigas en tu transporte, o entre gente, o esperando a alguien más, te tomas el momento de disfrutar esta experiencia. Juegas incluso con tus manos, llevándolas a chapotear en el agua, y te asomas al interior de las ruinas, descubriendo cómo la humedad ha ido haciendo de las suyas y reclamando los muros para sí, desplomándolos con el pasar del tiempo.
Al cabo de un rato, pasas de largo una estructura altísima de hierro (¿qué sería aquello?) y llegas hasta unas ruinas monumentales. El edificio se alza hermoso en toda su decadencia. La fachada se ha ido viniendo abajo y sólo quedan ciertas formas de relieve. El techo se desplomó hace años y las columnas del pórtico de su entrada ya no sostienen nada. El ligero oleaje entra y sale sin problema por sus ventanas más bajas, que debieron ser de sus sótanos. En ese momento, lo entiendes: estás frente a lo que alguna vez habría sido el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México.
Estás en lo correcto. Te estoy hablando de un lugar específico, que existe, a siglos de distancia en un futuro de fantasía. Ahora, sígueme el juego e imagina que ya no estás leyendo esto en tu pantalla y que estás ahí, en medio de esta realidad alterna, y no puedes volver. ¿Qué tuvo que pasar para que este panorama fuese posible? ¿Dónde hay más humanos como tú en esta realidad? ¿Qué fue del mundo, de ellos, de la historia del mundo y de la cultura y de las civilizaciones?
Tal vez la contaminación llevó a la catástrofe climática. O tal vez, finalmente los humanos terminamos por exterminarnos los unos a los otros. Quizás la sobrepoblación llevó al hambre y al agotamiento de todos los recursos del planeta. Incluso, podríamos pensar, que la inteligencia artificial terminó por sobrepasarnos y ya no fuimos necesarios. (¿Alguna vez lo hemos sido?)
Sigues de pie frente al Palacio y lo meditas. Milenios de civilización, de culturas, de avances tecnológicos, de vidas y muertes, de historias y leyendas, de reyes y plebeyos, de religiones y de ciencia, lavados por el agua, desplomados en tan sólo unos cientos de años, hundidos en el olvido para siempre.
Ya puedes regresar al día de hoy. Reconoce a la gente que está a tu alrededor mientras esperas, regresa a escuchar el rumor de su conversación, o palpa la comodidad de tu cama en este fin de semana de descanso, sea lo que sea, tan sólo regresa. Estás bien y estás en tu realidad, en nuestro presente donde hay reglas y convenciones sociales que conoces y por las que te mueves con (un mínimo de) seguridad.
Pero que te quede claro: algún día seremos ruinas. Y está bien.
Fotografía de Stefano Marchiori a través de Unsplash.
La segunda vez que leo una publicación tuya y me haz convertido ya en tu fan absoluta, gracias por recordarme que debo apreciar el hoy, el mañana no sabemos que traerá consigo…