Un año de pandemia

Por si no lo habían leído ya en los múltiples titulares de distintos medios en estos últimos días, este fin de semana cumplimos un año de habernos sometido, en distintos grados de intensidad a lo largo de este tiempo, a un encierro voluntario, inesperado e intermitente, con el que muchos ya hemos tenido que aprender a vivir.

Esta pandemia no siempre ha sido difícil, es verdad. Hasta pierde, por momentos, su dimensión catastrófica. Confieso que yo me sentí como niño en día de tormenta el día que nos anunciaron que tendríamos que revivir la experiencia de las semanas de encierro en la pandemia anterior, la influenza AH1N1. Perfecto, pensé. Un mes, a lo sumo, de trabajo en casa, de poder disfrutar un poco de que la vida se pare e, incluso, que la carga de trabajo se reduzca antes de llegar a vacaciones de Semana Santa. Oh, la ingenuidad.

En retrospectiva, todas las muestras inmediatas de efusividad y solidaridad pandémica que se desataron a lo largo del globo, desde las serenatas de balcón a balcón hasta los videos de la naturaleza apropiándose las calles italianas, ahora me parecen un intento cursi y desesperado por darle sentido a esta situación tan dramática. La cultura del hustling (el trabajo enaltecido ad nauseam) indicándonos, por un lado, que debíamos hacer un salvamento de la situación, inscribiéndonos a cursos miles, ideando nuestras empresas de ensueño a diestra y siniestra y hasta escribiendo los libros que nunca nos hemos animado a vislumbrar. Por otro lado, el movimiento más woke, a contramarea, tildando de poco empáticos a los primeros y predicando sobre el mindfulness y la importancia de la salud mental. En ambos casos, diagnosticando males y prescribiendo soluciones ante lo impensable, lo jamás experimentado.

Yo, en particular, me harté y me desconecté de redes sociales y al mismo tiempo, me embebí en esas mismas redes pero en videos y memes por horas, preso del nefasto pero intencional diseño del scrolling interminable. Me desaparecí de muchas personas a quienes, en otra realidad más física, quiero mucho y a quienes quisiera, en realidad, tener más cerca de lo que las tengo hoy en día. Ha sido parte de hacer lo que se ha podido. En mis redes siguió apareciendo uno que otro post, entre las cosas que me parecieron útiles y otras tantas informativas. Pero, claro, la vida en redes siempre se ve más bonita y tranquila de lo que es: uno siempre publica cuando se siente bien.

No voy a hablar de los muertos, ni de los casos extremos. La dimensión trágica de la pandemia es bastante grande y, a estas alturas, a todos nos ha tocado de cerca en al menos una ocasión. La parte más fea de esta contingencia ha sido dura y difícil, por decir lo menos. Y, claro, ha habido quien lo niegue, apaciguando su ansiedad al evitar las medidas de precaución, así como ha habido quien lo vive a todo volumen, acuartelándose en casa como si fuera un búnker de guerra. Válidos todos ellos, protagonistas de nuestros apresurados juicios.

No sé ustedes, pero yo percibo este año como un ciclo repetitivo de olas, de un incesante vaivén en el que la marea que ha subido y bajado conforme la pandemia se ha desenvuelto con los meses. He tenido momentos de aprendizaje y de genuina introspección; épocas de, en efecto, inscribirme a cursos y de aprender una serie de cosas nuevas que no me habría dado tiempo en otra vida, previa al encierro. También he disfrutado de estar en casa y no tener que decir que no a las invitaciones indeseables para salir.

Me cuesta trabajo pensar que ha pasado un año y, al mismo tiempo, ha pasado tanto. Buscando cómo llenar los surcos que abrió la contingencia, me aboqué a un proyecto nuevo de escritura que sigue aún parado porque me detuve meses de más en la parte de la investigación. El año pasado leí como nunca, es verdad. También se retrasó la cédula de mi segunda carrera, que finalmente recibí un año tarde. Perdí vuelos y viajes que iban a ser y que se quedaron en el tintero.

La verdad es que la vida se detuvo. Todo plan, a corto y mediano plazo, se estancó. Quienes hemos tenido la fortuna de mantener nuestras fuentes de ingreso hemos vivido en una pasividad que también ha estado plagada de momentos de duda, de desesperación, de estrés laboral ante las exigencias que nos demandaron los cambios, aquellos que en otra época habrían sido impensables. Así, se levantan también olas que llegaron con sentimientos de encierro, de poca motivación y descubrirnos desolados.

Una vez más, cada quién ha resuelto como ha podido: meditación, yoga en casa, fiestas Zoom, mascotas nuevas. Se ha abierto un camino a la re exploración, no digo que no. A diferencia de hace poco menos de un año, cuando la primera reacción fue de intentar justificar nuestra falta de productividad y dar sentido a estos cambios estructurales, creo que hemos ido encontrando ese sentido poco a poco y con el pasar del tiempo. Hemos redescubierto una valía en la distancia, en el tiempo, en los silencios y en las personas que extrañamos.

Toda una generación de adolescentes y niños, criados por las hiperconectividad y poco dotados de tolerancia ante la frustración, han tenido que experimentar el aburrimiento por primera vez. Los adultos mismos, hemos vuelto a mirar con ojo crítico nuestras prioridades. Sé de quién se tatuó, se cambió de casa, pausó su carrera, se mudó de ciudad, aprendió a ahorrar (¡e invertir!), pospuso su boda o hasta se casaron entapabocados. Todo esto mientras hemos juzgado lo que el otro hace o no hace. Y yo no soy el mejor modelo, que también peco de todos los ejemplos descritos en este texto. Al final, también todos creemos que nos cuidamos más y mejor de lo que nos cuidamos en verdad.

En lo personal, yo ahorita estoy en una racha saludable. Escribo y leo a borbotones como no lo hacía desde la preparatoria. Creo que algo se destapó y tengo una mirada menos censurante hacia mi mismo que hace un año. Estoy agradecido por muchas cosas. Por eso, me permito retomar el blog. Me doy cuenta de que quiero seguir escribiendo porque es lo que más me apasiona y porque quiero reconectarme con el mundo, así, a mi modo. Así que, a riesgo de tener que tragarme mis palabras después, me propongo estar por acá cada martes.

Y si no, no me miren: culparé a la pandemia, como todos los demás.

Foto de  cottonbro  a través de  Pexels.

2 comentarios

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  1. Felicidades por el texto mi estimado Pinkus. Breve pero ameno, me recuerda a tus pláticas, con buena introspección. Seguiré leyendo.

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