Yo no soy un moderado

En el 2006 yo vivía en la ciudad de León, epicentro del conservadurismo en el país, y me encontraba en plena adolescencia, lo cual es una verdadera antítesis. Ese año, no sólo leí por primera vez El guardián entre el centeno (esa maravillosa novela de la angustia adolescente): me declaré de izquierda, salí del closet en la escuela, voté por vez primera y me besé a escondidas con uno de un año más abajo que yo en la capilla de la escuela.

Al contrario de lo que se pueda inferir del párrafo anterior, yo nunca he sido extrovertido. Siempre he sido inseguro, tímido ante los desconocidos, tengo un carácter que todo el tiempo busca traicionarme para complacer a los demás y soy demasiado consciente de mi mismo. Me ha costado sangre y sudor ir sobreponiéndome (un poco) a ello.

A pesar de ello, yo iba por la vida queriendo ser un radical. Me dejé el pelo largo, me perforé la oreja y me compraba cada que podía el periódico La Jornada, que en ese entonces yo creía disidente y que conseguía sólo en los puestos de periódicos del centro de León al ser un periódico capitalino.

Hace unos días fui a ver un documental al cine y me hizo volver a esa época. Me acordé de un número en particular que leí en 2006. Traía un suplemento con un artículo sobre cuando Darío Fo se lanzó como alcalde de Milán, prologado por una frase de apoyo de José Saramago aplaudiéndole el título de su campaña: ¡Yo no soy un moderado! En ese entonces me impactó mucho el texto de su campaña, denunciando la tibieza de los gobernantes y apelando a una política más arriesgada. Aun hoy me sigue pareciendo fundamental.

La película que ví es Queercore: How to Punk a Revolution, un documental que sigue la subcultura punk homosexual en los ochentas y noventas. Me encantó. Aunque es una época muy diferente, la ví y regresé a los 17: a no encajar en los parámetros de lo que es actuar estereotípicamente homosexual pero tampoco ser el clásico machito adolescente, a la encrucijada de tener que conciliar ser de izquierda en México y vivir en una sociedad provinciana conservadora. Nunca pude ser punk pero, secretamente, siempre quise serlo.

La verdad, nunca me lo permití porque, como muchos otros en la misma situación, me pudo más el anhelo por ser aceptado. Para lograrlo, a tener que ceder y esforzarme por no «parecer gay» y a la autocensura en forma del profesar que «no hay por qué andar discutiendo la sexualidad a gritos». Es que, llegado el momento, uno teme perder los privilegios de gay criollo en cierto estatus socioeconómico y de apariencia camuflada. Y uno se vuelve el gay asimilado, el que es políticamente correcto.

Pero ese es tema de muchas entradas que eventualmente irán encontrando forma y todas relacionadas a esa asimilación que establece: (1) que sólo está bien ser gay si uno es un chico suburbano de apariencia masculina como el del drama adolescente I Love Simon; o (2) que el concepto de la Marcha del Orgullo está muy bien siempre y cuando no hagan de ello un carnaval.

Poco a poco, he ido aprendiendo a dejar de pedir perdón a todos estos fantasmas heredados y finalmente despreocuparme y ser quien soy y pensar como pienso. Ha costado mucho trabajo pero agradezco ahora entender que hay muchas formas de ser y vivirse gay y todas están perfectamente bien. Ya no siento la furia punk adolescente.

Vivimos en otros tiempos: esta semana se ganó un fallo para que en México se reconozca a las parejas del mismo sexo en la seguridad social. Es un triunfo histórico. Y ya se ganó hace unos años el reconocimiento jurídico de las parejas del mismo sexo en forma de matrimonio civil. Vivimos en la época de mayores libertades, garantías individuales y de mayor respeto a los derechos humanos en toda la Historia.

Pero no nos podemos equivocar.

Vivimos también en los tiempos de xenófobos como Donald Trump, del neoconservadurismo y de los mexicanos ridículos que repudian a la caravana migrante. Son tiempos de Jair Bolsonaro, el recientemente electo y fascista presidente de Brasil; los tiempos del desdén por la educación y la inteligencia y los tiempos de la proliferación de las fake news.

No nos podemos equivocar, insisto, porque si algo nos ha enseñado Margaret Atwood en su terrorífico libro The Handmaid’s Tale (que ahora es una excelente serie) es que todo puede cambiar de la noche a la mañana. Por eso retomo la campaña para alcalde de Darío Fo:

El moderado es fuerte con los débiles y débil con los fuertes. (…)
El moderado teme disgustar a los ciudadanos que cuentan.
Y no concede la palabra a los que no tienen voz.
El moderado jamás cambiará nada. (…)
¡Yo no soy un moderado!

Hace años que la banda de punk Crass ya declaró que el punk ha muerto y, como ya dije, ya no me apetece serlo. Ya tampoco tengo que demostrar nada a nadie más. Pero todavía le debo ser algo a ese adolescente de 17 años que temía salirse del molde de masculinidad y que no terminaba de encajar en ningún lado. Me cuesta mucho, no lo niego, pero es por eso que cada día intento ser un poco más despreocupado y un poco menos acomplejado. Menos penitente.

Y, sobre todo, menos moderado.

Fotograma del documental Queercore: How to Punk a Revolution.

1 comentario

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  1. Me encanta como te expresas, sigue asi!

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